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miércoles, 25 de abril de 2012

La civilización del Espectáculo

La creciente banalización del arte y la literatura, el triunfo del amarillismo en la prensa y la frivolidad de la política son síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la suicida idea de que el único fin de la vida es pasársela bien. Como buen espíritu incómodo, Vargas Llosa nos entrega una durísima radiografía de nuestro tiempo.
Febrero 2009
 
Claudio Pérez, enviado especial de El País a Nueva York para informar sobre la crisis financiera, escribe, en su crónica del viernes 19 de septiembre de 2008: “Los tabloides de Nueva York van como locos buscando un broker que se arroje al vacío desde uno de los imponentes rascacielos que albergan los grandes bancos de inversión, los ídolos caídos que el huracán financiero va convirtiendo en cenizas.” Retengamos un momento esta imagen en la memoria: una muchedumbre de fotógrafos, de paparazzi, avizorando las alturas, con las cámaras listas, para capturar al primer suicida que dé encarnación gráfica, dramática y espectacular a la hecatombe financiera que ha volatilizado billones de dólares y hundido en la ruina a grandes empresas e innumerables ciudadanos. No creo que haya una imagen que resuma mejor el tema de mi charla: la civilización del espectáculo.
Me parece que esta es la mejor manera de definir la civilización de nuestro tiempo, que comparten los países occidentales, los que, sin serlo, han alcanzado altos niveles de desarrollo en Asia, y muchos del llamado Tercer Mundo.
¿Qué quiero decir con civilización del espectáculo? La de un mundo en el que el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias a veces inesperadas. Entre ellas la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y, en el campo específico de
la información, la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo.
¿Qué ha hecho que Occidente haya ido deslizándose hacia la civilización del espectáculo? El bienestar que siguió a los años de privaciones de la Segunda Guerra Mundial y la escasez de los primeros años de la posguerra. Luego de esa etapa durísima, siguió un periodo de extraordinario desarrollo económico. En todas las sociedades democráticas y liberales de Europa y América del Norte las clases medias crecieron como la espuma, se intensificó la movilidad social y se produjo, al mismo tiempo, una notable apertura de los parámetros morales, empezando por la vida sexual, tradicionalmente frenada por las iglesias y el laicismo pacato de las organizaciones políticas, tanto de derecha como de izquierda. El bienestar, la libertad de costumbres y el espacio creciente ocupado por el ocio en el mundo desarrollado constituyó un estímulo notable para que proliferaran como nunca antes las industrias del entretenimiento, promovidas por la publicidad, madre y maestra mágica de nuestro tiempo. De este modo, sistemático y a la vez insensible, divertirse, no aburrirse, evitar lo que perturba, preocupa y angustia, pasó a ser, para sectores sociales cada vez más amplios, de la cúspide a la base de la pirámide social, un mandato generacional, eso que Ortega y Gasset llamaba “el espíritu de nuestro tiempo”, el dios sabroso, regalón y frívolo al que todos, sabiéndolo o no, rendimos pleitesía desde hace por lo menos medio siglo, y cada día más.
Otro factor, no menos importante, para la forja de la civilización del espectáculo ha sido la democratización de la cultura. Se trata de un fenómeno altamente positivo, sin duda, que nació de una voluntad altruista: que la cultura no podía seguir siendo el patrimonio de una élite, que una sociedad liberal y democrática tenía la obligación moral de poner la cultura al alcance de todos, mediante la educación, pero también la promoción y subvención de las artes, las letras y todas las manifestaciones culturales. Esta loable filosofía ha tenido en muchos casos el indeseado efecto de la trivialización y adocenamiento de la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad de los contenidos de los productos culturales se justificaban en razón del propósito cívico de llegar al mayor número de usuarios. La cantidad a expensas de la calidad. Este criterio, proclive a las peores demagogias en el dominio político, en el cultural ha causado reverberaciones imprevistas, entre ellas la desaparición de la alta cultura, obligatoriamente minoritaria por la complejidad y a veces hermetismo de sus claves y códigos, y la masificación de la idea misma de cultura. Esta ha pasado ahora a tener casi exclusivamente la acepción que ella adopta en el discurso antropológico, es decir, la cultura son todas las manifestaciones de la vida de una comunidad: su lengua, sus creencias, sus usos y costumbres, su indumentaria, sus técnicas, y, en suma, todo lo que en ella se practica, evita, respeta y abomina. Cuando la idea de la cultura torna a ser una amalgama semejante es poco menos que inevitable que ella pueda llegar a ser entendida, apenas, como una manera divertida de pasar el tiempo. Desde luego que la cultura puede ser también eso, pero si termina por ser sólo eso se desnaturaliza y se deprecia: todo lo que forma parte de ella se iguala y uniformiza al extremo de que una ópera de Wagner, la filosofía de Kant, un concierto de los Rolling Stones y una función del Cirque du Soleil se equivalen.

domingo, 6 de marzo de 2011

The China Lover

A Mercurial Star
Ian Buruma recreates the many lives of Shirley Yamaguchi.

http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2008/10/30/AR2008103003618.html

During the Japanese occupation of Manchuria from 1932 to 1945, the studios of the Manchurian Film Association produced a series of propaganda movies intended for Chinese audiences. These musicals and melodramas -- invariably featuring romance between a beautiful Chinese woman and a handsome Japanese man -- were huge hits in the occupied territories, and their principal box-office star was the doe-eyed singer and actress best known to the Western world as Shirley Yamaguchi.
Yamaguchi Yoshiko (as she was known in her early days) was born in Manchuria to Japanese parents and grew up speaking both Mandarin and Japanese. With the advantage of fluent Mandarin, in addition to good looks and a fashionable coloratura, Yamaguchi was perfectly suited to play the leading lady in a succession of movies that catapulted her to fame. She played the part so convincingly -- suppressing her Japanese identity under the Chinese stage name of Li Xianglan (or Ri Koran, in the Japanese version) -- that adoring audiences were totally taken in. After the Japanese surrender, she was arrested by the Chinese government and charged with collaborating with the enemy, a capital crime. Only by producing proof of her pedigree as a bona fide Japanese was she exonerated and allowed to leave for Japan.
Though apparently plagued ever after by guilt for contributing to wartime deception, Yamaguchi continued on a steady path to stardom. She went on to make a few B-movies in Hollywood in the 1950s, appeared on Japanese television as a talk-show host venturing as far afield as Vietnam and Palestine, and settled into politics as a member of the Japanese diet for almost 20 years.


Ian Buruma's The China Lover is a recreation of Yamaguchi's controversial, eventful and remarkably resilient career through the narratives of three men -- one American, two Japanese -- all of them confidants at different stages of her life. Sato Daisuke is a shadowy special agent for the Military Police in Mukden who has known Yamaguchi since she was a child, and is instrumental in launching her film career in the sinister police state of wartime Manchuria. Sidney Vanoven, a gay film buff from the American Midwest, gets to know Yamaguchi during the U.S. occupation of Japan, when he is part of the censorship team charged with overseeing the production of Japanese movies "to reflect the new spirit of 'individualism' and 'democracy' and 'respect for the rights of men and women.' " Sato Kenkichi is a disaffected student, drifter and soft porn filmmaker -- until he is hired as a script-writer for Yamaguchi's television talk show. As a result of one of their working trips to Palestine, Kenkichi ends up a terrorist in the Japanese Red Army.
All three voices belong to convincing fictional narrators, due perhaps to the fact that at least two of them appear to be based on historical figures. Sato Kenkichi is clearly Kozo Okamoto, the JRA agent who participated in the massacre at Tel Aviv's Lod airport in 1972. Sydney Vanoven bears a striking resemblance, in character and career, to Donald Richie, the renowned American Japanophile and film critic, who is credited in the author's acknowledgments. As for the cast of characters representing the Japanese film industry, they present a playful challenge to the reader trying to figure out who is really who.
Indeed, half the charm of this retelling of the Shirley Yamaguchi story lies in the sly twists of fact into what may or may not be fiction. What exactly happened and when? Did the notorious Manchu princess and cross-dressing spy known as Eastern Jewel really have a relationship with the young Yamaguchi? Did the American censors' attempt to encourage kissing on the screen really lead to the first kiss in the history of Japanese cinema? And in her mature years, did Yamaguchi really sound like an "airhead out of her depth," as described by her young terrorist friend?
In her Hollywood days, Yamaguchi reportedly often asked, at the mention of a celebrity, "Is he knowable?" By the end of the three different memoirs that make up The China Lover, Shirley Yamaguchi, aka Li Xianglan, aka Ri Koran, appears to be unknowable after all -- and that is just right. Our heroine is far less interesting as a person than as a personification. She is, as one of her admirers describes her, "a typical portable shrine"; and revealing how it is made has never been the point of a portable shrine.
In a rare departure from his books and critical essays on film, politics, culture and current events, Buruma, a distinguished journalist-scholar and Japanophile, has crafted in The China Lover a fascinating fictional biography -- not only of an iconic film star, but of film as an expression of a nation's culture and psyche. How fitting that he has put into practice at least two of the techniques of Japanese movie-making he mentions: "keeping a distance even in scenes of great emotion" and leaving things "open-ended, like life." ·
Wendy Law-Yone is a Burmese-American novelist living in England.